Hoy he vuelto a escuchar la palabreja y no he podido refrenar el impulso. Aclararé, en primer lugar, que, dentro de mi concepción del español, "choni" es lo mismo que "cani". Es decir, que resumo las subespecies en una más generalizada que engloba la horterada y caspa cañí de la España más profunda y profundizable.
Una servidora padece cierta agorafobia, aunque es más preciso hablar de fobia social controlada. Agoto mi cupo de sociabilidad en el trabajo y, fuera de él, procuro rehuir en lo posible la fauna humana, aunque pueda ser tan adorable como un osito de peluche en el trato. Sin embargo, existen esas subespecies que hacen más difícil la tarea. Divierten, eso sí, puesto que se trata de un reto a la empatía de cualquiera.
La palabreja en cuestión es "descambiar". La palabra existe y significa "deshacer un cambio o trueque". Pero en el contexto de "cambiar un artículo por otro" chirría. Me importa un carajo que esté aceptada, pero chirría tanto que duelen los oídos y me dan calambre los empastes.
Es una palabra apropiada por canilandia, de tal forma que una es incapaz de visualizar a un ser humano pronunciándola sin ver un tanga asfixiado entre unos generosos glúteos, aprisionados por un pantalón de tres tallas inferior al necesario para su propietaria, que masca chicle con la boca abierta cual rumiante alimentándose mientras mira pasar un tren.
Es inevitable.
Pensará alguien que esto es un tema estúpido y sin relevancia, pero hay un trasfondo preocupante tras este asunto. Porque cada vez abundan más. La fauna choni-cani se extiende como el ébola, a una velocidad de vértigo y con unas connotaciones terribles. Desde el lenguaje hasta la moda, las costumbres más rutinarias, los modos y maneras del choniworld han invadido nuestro día a día.
Véase, si no, la moda de las sandalias del esguince, ésas terroríficas que hacen que el pie parezca vendado y que se acompaña comúnmente del anteriormente mencionado pantalón, o ese estilo de conversación de voz chirriante y estridente, con salivazo esparcido mediante chicle torturado. Véanse los hábitos relacionales entre féminas y efebos chonis y canis, el sexismo y ordinariez que los definen en sus formas.
Hace algún tiempo comentaba en este mismo blog que esta gente procrea. Matizo que procrean más, creando hordas de chonis que, muy pronto, relegarán a un rincón de la sociedad aún más oculto a todos los seres humanos, no normales (gracias a Dios eso no existe), sino "humanos".
Ahora reímos. Veremos cuando no encontremos un ser capaz en varios kilómetros a la redonda, cuando sintamos que vivimos "La Invasión de los Ultracuerpos" versión casposa.
Luego diréis que no os lo advertí.
miércoles, 10 de octubre de 2012
lunes, 8 de octubre de 2012
LA MALDICIÓN DE LOS CIEGOS
La realidad es una
entelequia. No existe mayor engaño que nuestros propios sentidos, algo que la
ciencia no tenía necesidad de demostrar.
Por lo tanto, nuestra capacidad de percepción de la realidad está limitada por lo que nuestro cerebro asimila y procesa tras el estímulo que recibe de esos sentidos, que nos engañan por la mera razón de sus limitaciones intrínsecas.
Hasta aquí, creo que todo el mundo debería estar de acuerdo. E imagino que tras lo que continúa también.
Si tenemos en cuenta todo esto, nos daremos cuenta de que, obviamente, cada ser humano percibe y procesa mentalmente los estímulos externos de forma distinta, sumando una serie de factores que provocan una relativa distorsión de la realidad: desde las patologías mentales hasta la educación recibida, pasando por las experiencias personales que han acontecido en nuestras vidas y factores externos como son los sociales.
De ahí, podemos comenzar a sacar ciertas conclusiones, como que cada cultura, por el mero hecho de promover unas costumbres determinadas o educar según sus propios métodos, siempre condicionados por el instinto de supervivencia del sistema social que les sostiene, se rige por una serie de normas de convivencia que pueden no coincidir con otras culturas. Sin embargo, la distorsión moderada de la realidad es un punto en común entre otros.
El problema es cuando a esa distorsión añadimos otros factores. En nuestra sociedad tecnológica, los medios de comunicación, sean cualesquiera que sean sus ámbitos de acción, suscitan polémica y preocupación entre distintos sectores, ya sean en el campo de la investigación científica o simplemente religioso.
Por un lado, porque asistimos a una decadencia de los valores puramente humanos, con lo que se ha alcanzado un grado de cosificación de la persona tan grave que aumentan los individuos de actitud despersonalizada y parasitaria (basta ver "Hermano Mayor" para asistir a un ejemplo clarificador de este asunto).
Por otro, porque ese tipo de actitudes promueven un estilo de vida notablemente perjudicial, tanto física como psíquicamente.
Los medios de comunicación presentan unos ideales imposibles de alcanzar, completamente irreales, generando una distorsión aún mayor, si cabe, de nuestra capacidad de analizar y comprender nuestro entorno. Nos generan una burbuja de semiinconsciencia que nos apartan de la experiencia de vivir como individuos autosuficientes y libres.
La era tecnológica se caracteriza por haber ido degradando la experiencia de ser y sentir como ser humano.
Resulta chocante la justificación de algunas personas ante sus impulsos deshumanizadores: "Fue instinto, somos animales". Y una se pregunta entonces por qué esos seres viven entonces en casas, o tienen trabajo, o utilizan un aseo para evacuar.
Y entonces, una se pregunta por qué se extraña alguien de que me sienta bien siendo diferente. ¿Es que acaso debo dejar de ser y sentir como ser humano para integrarme en la masa informe que se sigue generando?
Por lo tanto, nuestra capacidad de percepción de la realidad está limitada por lo que nuestro cerebro asimila y procesa tras el estímulo que recibe de esos sentidos, que nos engañan por la mera razón de sus limitaciones intrínsecas.
Hasta aquí, creo que todo el mundo debería estar de acuerdo. E imagino que tras lo que continúa también.
Si tenemos en cuenta todo esto, nos daremos cuenta de que, obviamente, cada ser humano percibe y procesa mentalmente los estímulos externos de forma distinta, sumando una serie de factores que provocan una relativa distorsión de la realidad: desde las patologías mentales hasta la educación recibida, pasando por las experiencias personales que han acontecido en nuestras vidas y factores externos como son los sociales.
De ahí, podemos comenzar a sacar ciertas conclusiones, como que cada cultura, por el mero hecho de promover unas costumbres determinadas o educar según sus propios métodos, siempre condicionados por el instinto de supervivencia del sistema social que les sostiene, se rige por una serie de normas de convivencia que pueden no coincidir con otras culturas. Sin embargo, la distorsión moderada de la realidad es un punto en común entre otros.
El problema es cuando a esa distorsión añadimos otros factores. En nuestra sociedad tecnológica, los medios de comunicación, sean cualesquiera que sean sus ámbitos de acción, suscitan polémica y preocupación entre distintos sectores, ya sean en el campo de la investigación científica o simplemente religioso.
Por un lado, porque asistimos a una decadencia de los valores puramente humanos, con lo que se ha alcanzado un grado de cosificación de la persona tan grave que aumentan los individuos de actitud despersonalizada y parasitaria (basta ver "Hermano Mayor" para asistir a un ejemplo clarificador de este asunto).
Por otro, porque ese tipo de actitudes promueven un estilo de vida notablemente perjudicial, tanto física como psíquicamente.
Los medios de comunicación presentan unos ideales imposibles de alcanzar, completamente irreales, generando una distorsión aún mayor, si cabe, de nuestra capacidad de analizar y comprender nuestro entorno. Nos generan una burbuja de semiinconsciencia que nos apartan de la experiencia de vivir como individuos autosuficientes y libres.
La era tecnológica se caracteriza por haber ido degradando la experiencia de ser y sentir como ser humano.
Resulta chocante la justificación de algunas personas ante sus impulsos deshumanizadores: "Fue instinto, somos animales". Y una se pregunta entonces por qué esos seres viven entonces en casas, o tienen trabajo, o utilizan un aseo para evacuar.
Y entonces, una se pregunta por qué se extraña alguien de que me sienta bien siendo diferente. ¿Es que acaso debo dejar de ser y sentir como ser humano para integrarme en la masa informe que se sigue generando?
viernes, 5 de octubre de 2012
SAYONARA, BABY
A nadie se le debe haber escapado la reflexión de marras. Llevamos unos añitos de recesión económica (vaya manía con llamarlo crisis, cuando quieren decir que estamos más jodidos aún) y pinta para largo. Algunos comentan que no saldremos de ésta hasta bien entrada la década de los veinte. Y es mucho, que nadie se engañe.
Por lo pronto, si ya andábamos escasos de infantes, y los que hay no auguran que nuestro país vaya a destacar por sus genios (dad un paseo y echad un vistazo a la fauna infantil española y me contáis si el panorama no es desolador), en el 2020 seremos un país envejecido y con escasos visos de cambiar. Obviamente, los que en estos tiempos se planteaban la posibilidad de sembrar la semillita y procrear, se lo piensan dos veces (y muchas más, creedme) antes de soltar al mundo otra criatura que engrose las listas del paro perpetuo.
Los infantes ya nacidos o producto de esos valientes que decidieron arriesgarse a la espera de tiempos mejores no parecen ser tampoco una panacea humanitaria. Un sistema educativo idiotizante y estimulador de la idiotez, que fabrica, produce y emite miles y miles y cientos de miles de futuros inútiles incapaces de valerse por sí mismos (¿ha intentado alguien hacer un cálculo exacto de idiotas por año? Pues imaginad esto hasta el 2020 y no creo que nadie se atreva a calcular) derivará en una era en la que los abueletes no tendrán más remedio que automedicarse antes de que les pille un "médico" generado por este sistema depauperado.
Añadiremos que esos abueletes, es decir, una menda entre muchos, sólo se podrán jubilar cuando ya la prótesis de cadera se haya quedado obsoleta. Tendremos una sociedad repleta de abuelos curritos, cansados de trabajar por un sueldo misérrimo y una pensión indigna, si no inexistente, aterrados por la posibilidad de ser atendidos por las generaciones posteriores, analfabetizadas por sistemas educativos vergonzosos y vergonzantes (ay, si el mundo abunda en bastardetes, imaginad la cantidad de bestezuelas que nos queda por asumir).
Preguntáis por sistemas financieros en esa época. No puedo responder si la prima de riesgo habrá subido, bajado o se habrá liado la manta y se habrá ido con su otro primo, el alemán, a comer chucrut y salchichas. Pero dudo mucho que la cuestión financiera esté del todo saldada en el 2020. De hecho, la primera imagen que me ha sobrevenido de nuestro querido país es el de una provincia europea venida a menos, que fue la princesita del baile, o eso creyó, y descubrió que acostarse con los otros príncipes no te garantiza un puesto relevante. A todo país se le cae el pecho con la edad y el nuestro es un país antiguo que no ha aprendido jamás esa lección.
En esa época, me temo, seguiremos tan imbéciles como ahora o más, pero en peores condiciones. Soy pesimista, diréis. No, no y no. Realista, que es peor.
Por lo pronto, si ya andábamos escasos de infantes, y los que hay no auguran que nuestro país vaya a destacar por sus genios (dad un paseo y echad un vistazo a la fauna infantil española y me contáis si el panorama no es desolador), en el 2020 seremos un país envejecido y con escasos visos de cambiar. Obviamente, los que en estos tiempos se planteaban la posibilidad de sembrar la semillita y procrear, se lo piensan dos veces (y muchas más, creedme) antes de soltar al mundo otra criatura que engrose las listas del paro perpetuo.
Los infantes ya nacidos o producto de esos valientes que decidieron arriesgarse a la espera de tiempos mejores no parecen ser tampoco una panacea humanitaria. Un sistema educativo idiotizante y estimulador de la idiotez, que fabrica, produce y emite miles y miles y cientos de miles de futuros inútiles incapaces de valerse por sí mismos (¿ha intentado alguien hacer un cálculo exacto de idiotas por año? Pues imaginad esto hasta el 2020 y no creo que nadie se atreva a calcular) derivará en una era en la que los abueletes no tendrán más remedio que automedicarse antes de que les pille un "médico" generado por este sistema depauperado.
Añadiremos que esos abueletes, es decir, una menda entre muchos, sólo se podrán jubilar cuando ya la prótesis de cadera se haya quedado obsoleta. Tendremos una sociedad repleta de abuelos curritos, cansados de trabajar por un sueldo misérrimo y una pensión indigna, si no inexistente, aterrados por la posibilidad de ser atendidos por las generaciones posteriores, analfabetizadas por sistemas educativos vergonzosos y vergonzantes (ay, si el mundo abunda en bastardetes, imaginad la cantidad de bestezuelas que nos queda por asumir).
Preguntáis por sistemas financieros en esa época. No puedo responder si la prima de riesgo habrá subido, bajado o se habrá liado la manta y se habrá ido con su otro primo, el alemán, a comer chucrut y salchichas. Pero dudo mucho que la cuestión financiera esté del todo saldada en el 2020. De hecho, la primera imagen que me ha sobrevenido de nuestro querido país es el de una provincia europea venida a menos, que fue la princesita del baile, o eso creyó, y descubrió que acostarse con los otros príncipes no te garantiza un puesto relevante. A todo país se le cae el pecho con la edad y el nuestro es un país antiguo que no ha aprendido jamás esa lección.
En esa época, me temo, seguiremos tan imbéciles como ahora o más, pero en peores condiciones. Soy pesimista, diréis. No, no y no. Realista, que es peor.
lunes, 1 de octubre de 2012
ALGUNOS HOMBRES JUSTOS
A veces se tiene la fortuna de encontrarse con gente así. Son pequeñas joyas humanas, que pasan casi desapercibidas porque su heroísmo es rutinario, modesto.
No los veréis en la televisión, ni en prensa. Hablo de gente sencilla, cotidiana.
Su heroísmo está fundado sobre los pilares de la humildad, gente que hace el bien con sus gestos y su carácter.
En este caso hablaré de un hombre. Viene al caso porque, en estos tiempos en los que todo el mundo pide cambios, me es inevitable concluir en que el cambio debe provenir, en primer lugar, de cada persona, de cada ciudadano desde su propia conducta y forma de vivir y dirigirse al resto. Si cada uno actuara en su vida como el ejemplo que muestro, probablemente el mundo sería mucho mejor.
Desde niño tenía la habilidad de congeniar con cualquier persona. Muchos intentaban alterar su calma infinita, obteniendo, en su lugar, el mazazo del buen humor y del comentario inteligente que no sólo frustraba su propósito de airar, sino que provocaba que éstos se marcharan enojados al no haber logrado su objetivo.
Este hombre sencillo gusta de una vida sin estridencias, amando lo que el entorno dispone en sus manos, amando la naturaleza y respetando su belleza, defendiendo desde su criterio y su mirada limpia, que mantiene al niño que siempre fue, el ejercicio de la honestidad y transparencia, del trabajo y el tesón como fundamentos. No le veréis comprando en bazares objetos que ayudan a la destrucción de las tiendas de barrio, por ejemplo, ni sustentando las marcas que explotan a la infancia. Quizás no compre por consumir, sino por necesidad y con sensatez. Y si compra un capricho, no lo hace sobre las manos ensangrentadas de la esclavitud.
Tampoco le veréis ostentando su persona según sus posesiones o el coste de sus vestiduras, ni enloquecido por obtener el nuevo objeto de consumo a toda costa, ni viviendo su vida según lo dictado por la masa.
Disfruta de la vida como lo que es, sin los artificios de las dobleces y la hipocresía. Puedo permitirme ser concreta porque hablo de un hombre justo y honesto, conciliador y humilde, risueño pese a las adversidades y la fealdad que domina un mundo incoherente.
Siempre supo hacer frente desde la sensatez y su alto concepto de los valores que nos hacen humanos y nos diferencian de las bestias. Y no precisó de ser adiestrado, sino que los asumió siempre como algo inherente a la persona. Son valores que ejerce con naturalidad, de forma espontánea.
Hablo de un hombre que nunca pisó una universidad y maldita la falta, porque puede dar muchas lecciones en cualquiera de ellas acerca de ética y tantas cosas que ha aprendido por sí mismo, siempre inquieto, un niño grande que mantiene la inocencia, que no la ingenuidad. Lecciones sobre la tolerancia y el respeto, sobre la honradez y la humildad, sobre la sencillez y la autosuficiencia...
A veces he escuchado discursos de su voz que me han hecho sentir fascinación y orgullo, discursos que no podría enunciar un catedrático ni un filósofo, que dejan a su auditorio completamente rendido, porque su lógica y humanidad es aplastante, como sólo puede serlo el ejercicio de la sensatez y solidaridad más puras.
Porque su heroísmo es el de aquellos que son ante todo humanos, sobre cualquier interés o subterfugio.
Cómo no sentir orgullo de un hermano así. Cómo no desear que la mayoría de la gente fuera así.
domingo, 30 de septiembre de 2012
LA CALMA PRECEDE A LA LOCURA
Si el ser humano padece una dolencia grave y peligrosa, ésa es la de la generalización. Una tendencia a pensar en términos de absolutismo nos define y, a pesar de que en algunos casos la obviedad convierte en definitivas algunas conclusiones, en la mayoría de ellos no es así, cayendo en múltiples riesgos que, normalmente, no son medidos con antelación.
En el marco de una semana especialmente tensa, se agradece el desarrollo de unas manifestaciones multitudinarias y pacíficas (aunque concluyeran de forma violenta). Sin embargo, queda la sensación amarga de que muchos sectores se están radicalizando sin calcular las terribles consecuencias que pueden provocar.
Ni todos los manifestantes son violentos radicales ni todos los policías agreden sin miramientos. Me atrevo a ser tajante, incluso, en que ni la mayoría de unos ni la mayoría de los otros son partidarios ni ejercen la violencia.
La violencia no debe ser una herramienta, ni siquiera un elemento de debate. La locura de justificar su uso según los objetivos me parece, aparte de una incoherencia (es decir, nos parece mal su uso en guerras, pero algunas personas la justifican como forma de revolución; no lo entiendo ni lo comparto), de una necedad brutal.
¿Se ha detenido alguien a pensar en las consecuencias? ¿Es que acaso el uso de la violencia va a mejorar nuestras condiciones de vida? ¿Qué derechos, aparte del derecho a temblar, puede garantizarnos una revolución violenta?
A estas alturas, voy viendo que muchas personas consideran un juego o un ejercicio de desfogue el enfrentamiento callejero, sin detenerse a pensar en que sus actos arrastran el destino de millones de personas que sólo quieren cambios justos para vivir en paz y seguridad.
Puedo decir que me representan las personas de bien, que buscan soluciones sensatas y de forma pacífica. Pero el que vuelca un contenedor o arroja piedras no me representa en absoluto. Como tampoco me representa la casta política de este país penoso que no hace más que mostrar el grado de patetismo de sus instituciones y sus habitantes, y no en su mayoría, sino en una minoría ruidosa y estridente que acalla las voces que quieren paz.
Porque esa minoría debe darse cuenta de que la gran mayoría de personas que se han manifestado estos días han acudido y se han mostrado pacíficos. Así como la mayoría de agentes de la ley (dudo mucho que la mayoría de ellos se haya lanzado porra en ristre a repartir). De hecho, estoy más que segura de que la mayoría de agentes de todo el país tiene mucho de qué quejarse de la situación actual y lo hace.
Entonces me pregunto si es que somos tan imbéciles, a pesar de tener el referente histórico de una guerra civil deleznable e ignominiosa, seguida de una dictadura brutal (¿cómo es posible que vea a gente comentar que estamos peor que con Franco? ¿cómo se puede ser tan sinvergüenza e imbécil?), como para reiterar una época que sólo traerá miseria y sufrimiento.
¿Acaso somos tan imbéciles, tanto desde el pueblo como desde la casta política, como para no detenernos y llegar a un acuerdo justo para la ciudadanía? ¿Es tan valioso Don Euro como para pensar antes en los bienes personales que en el bienestar de una sociedad entera?
Vivamos en paz, aplaquemos el ruido y la ira. El odio sólo genera más odio. Pero nunca proporciona soluciones efectivas e indoloras.
En el marco de una semana especialmente tensa, se agradece el desarrollo de unas manifestaciones multitudinarias y pacíficas (aunque concluyeran de forma violenta). Sin embargo, queda la sensación amarga de que muchos sectores se están radicalizando sin calcular las terribles consecuencias que pueden provocar.
Ni todos los manifestantes son violentos radicales ni todos los policías agreden sin miramientos. Me atrevo a ser tajante, incluso, en que ni la mayoría de unos ni la mayoría de los otros son partidarios ni ejercen la violencia.
La violencia no debe ser una herramienta, ni siquiera un elemento de debate. La locura de justificar su uso según los objetivos me parece, aparte de una incoherencia (es decir, nos parece mal su uso en guerras, pero algunas personas la justifican como forma de revolución; no lo entiendo ni lo comparto), de una necedad brutal.
¿Se ha detenido alguien a pensar en las consecuencias? ¿Es que acaso el uso de la violencia va a mejorar nuestras condiciones de vida? ¿Qué derechos, aparte del derecho a temblar, puede garantizarnos una revolución violenta?
A estas alturas, voy viendo que muchas personas consideran un juego o un ejercicio de desfogue el enfrentamiento callejero, sin detenerse a pensar en que sus actos arrastran el destino de millones de personas que sólo quieren cambios justos para vivir en paz y seguridad.
Puedo decir que me representan las personas de bien, que buscan soluciones sensatas y de forma pacífica. Pero el que vuelca un contenedor o arroja piedras no me representa en absoluto. Como tampoco me representa la casta política de este país penoso que no hace más que mostrar el grado de patetismo de sus instituciones y sus habitantes, y no en su mayoría, sino en una minoría ruidosa y estridente que acalla las voces que quieren paz.
Porque esa minoría debe darse cuenta de que la gran mayoría de personas que se han manifestado estos días han acudido y se han mostrado pacíficos. Así como la mayoría de agentes de la ley (dudo mucho que la mayoría de ellos se haya lanzado porra en ristre a repartir). De hecho, estoy más que segura de que la mayoría de agentes de todo el país tiene mucho de qué quejarse de la situación actual y lo hace.
Entonces me pregunto si es que somos tan imbéciles, a pesar de tener el referente histórico de una guerra civil deleznable e ignominiosa, seguida de una dictadura brutal (¿cómo es posible que vea a gente comentar que estamos peor que con Franco? ¿cómo se puede ser tan sinvergüenza e imbécil?), como para reiterar una época que sólo traerá miseria y sufrimiento.
¿Acaso somos tan imbéciles, tanto desde el pueblo como desde la casta política, como para no detenernos y llegar a un acuerdo justo para la ciudadanía? ¿Es tan valioso Don Euro como para pensar antes en los bienes personales que en el bienestar de una sociedad entera?
Vivamos en paz, aplaquemos el ruido y la ira. El odio sólo genera más odio. Pero nunca proporciona soluciones efectivas e indoloras.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
MALOS TIEMPOS PARA LA LÍRICA
Lo cierto es que, con toda probabilidad, no haga más que incrementar mi lista de amigos, todo dicho con cierta ironía. Y tristeza, para qué negarlo.
Corren tiempos turbulentos y complejos, que denotan la llegada de una era que ha culminado con lo que en España se ha denominado transición democrática (sea cual sea el significado actual de ese término). El malestar popular ha derivado en una especie de carrera de pollos sin cabeza: la impaciencia predomina entre la población, entre la casta política, entre los medios de comunicación... Existe una tendencia tan alarmista que se está generando inquietud y miedo cerval.
En mi opinión, y digo bien, mi opinión, que no deja de ser una opinión más dentro de todas las que surgen en estos tiempos, se pueden producir cambios desde las propias instituciones, de forma consensuada, de forma eficaz, si la gente se compromete de verdad y sin necesidad de actitudes coercitivas.
Lamento profundamente tener que decir esto, pero, en mi modesta opinión, ciertas actitudes tanto del pueblo como del Estado son coercitivas. Ayer se pasaron por el forro de los bajos, tanto unos como otros, la Constitución española y el Código Penal.
Ayer fue un día triste y penoso más entre tantos que se pueden ir observando desde hace tiempo en nuestro país. La imagen quizá más patética fue la de ese enfrentamiento entre unos y otros, ciudadanos al fin y al cabo, perdiendo los papeles en las calles. Me da igual quien empezó. Ese tipo de cuestiones es típico de los patios de colegio.
Lo crucial, lo relevante es pensar que, en pleno siglo XXI, en plena Europa, sucedan ese tipo de escenas. La reflexión que deberíamos hacernos todos, desde el más humilde trabajador hasta el más alto cargo político, es si merece la pena llegar a extremos que no se veían con tanta nitidez desde tiempos en los que las fuerzas de seguridad vestían de gris y las causas estaban, en mi opinión, más justificadas.
No se puede destruir para construir cuando hablamos de un sistema que afecta a millones de personas, por la simple razón de que, durante ese intervalo en el que se llega a la nada absoluta, esos millones se quedan en un limbo que, conociendo la trayectoria lamentable de este país en el que las envidias, traiciones y otros malos sentimientos campan a sus anchas, el primer dictadorzuelo de tres al cuarto, sea cual fuere su ideología, aprovecharía para erigirse como profético salvador de nuestras miserias.
Sin embargo, desde el amparo, por muy escaso que sea, de nuestra malograda Constitución, sí se pueden ir modificando las cosas gradualmente para bienestar de todos. Basta que la gente de buena fe asuma el compromiso de firmar y solicitar. Y basta que los políticos de nuestro país asuman que es necesario llevar a cabo ciertos cambios que garanticen la transparencia, la equidad y, sobre todo, la tolerancia.
Falta compromiso de unos y de otros. Nadie es santo de mi devoción. Es hora ya de que términos obsoletos y rancios como izquierda, derecha, comunismos, fascismo, y todos esos -ismos con tufillo a dictadura queden zanjados.
Es tan sencillo como que se solicite, si no la creación de una nueva constitución más acorde a nuestros tiempos, sí una revisión importante de la que llevamos arrastrando desde hace más de treinta años, que tuvo su utilidad en una época de transición, pero ha quedado obsoleta.
Y tras esa solicitud, se precisa el compromiso de la casta política y jurídica (de la financiera, mediática, etc, ya se hablaría después) para llevar a cabo con sensatez, justicia, equidad, la creación de esa constitución realmente democrática y consensuada.
Se precisa diálogo y tolerancia, dejando a un lado todas las rencillas necias que no hacen más que dañar aún más la situación complicada que vivimos.
Es lo que se echa en falta. Es la gran razón por la que ayer fue un día aciago.
Corren tiempos turbulentos y complejos, que denotan la llegada de una era que ha culminado con lo que en España se ha denominado transición democrática (sea cual sea el significado actual de ese término). El malestar popular ha derivado en una especie de carrera de pollos sin cabeza: la impaciencia predomina entre la población, entre la casta política, entre los medios de comunicación... Existe una tendencia tan alarmista que se está generando inquietud y miedo cerval.
En mi opinión, y digo bien, mi opinión, que no deja de ser una opinión más dentro de todas las que surgen en estos tiempos, se pueden producir cambios desde las propias instituciones, de forma consensuada, de forma eficaz, si la gente se compromete de verdad y sin necesidad de actitudes coercitivas.
Lamento profundamente tener que decir esto, pero, en mi modesta opinión, ciertas actitudes tanto del pueblo como del Estado son coercitivas. Ayer se pasaron por el forro de los bajos, tanto unos como otros, la Constitución española y el Código Penal.
Ayer fue un día triste y penoso más entre tantos que se pueden ir observando desde hace tiempo en nuestro país. La imagen quizá más patética fue la de ese enfrentamiento entre unos y otros, ciudadanos al fin y al cabo, perdiendo los papeles en las calles. Me da igual quien empezó. Ese tipo de cuestiones es típico de los patios de colegio.
Lo crucial, lo relevante es pensar que, en pleno siglo XXI, en plena Europa, sucedan ese tipo de escenas. La reflexión que deberíamos hacernos todos, desde el más humilde trabajador hasta el más alto cargo político, es si merece la pena llegar a extremos que no se veían con tanta nitidez desde tiempos en los que las fuerzas de seguridad vestían de gris y las causas estaban, en mi opinión, más justificadas.
No se puede destruir para construir cuando hablamos de un sistema que afecta a millones de personas, por la simple razón de que, durante ese intervalo en el que se llega a la nada absoluta, esos millones se quedan en un limbo que, conociendo la trayectoria lamentable de este país en el que las envidias, traiciones y otros malos sentimientos campan a sus anchas, el primer dictadorzuelo de tres al cuarto, sea cual fuere su ideología, aprovecharía para erigirse como profético salvador de nuestras miserias.
Sin embargo, desde el amparo, por muy escaso que sea, de nuestra malograda Constitución, sí se pueden ir modificando las cosas gradualmente para bienestar de todos. Basta que la gente de buena fe asuma el compromiso de firmar y solicitar. Y basta que los políticos de nuestro país asuman que es necesario llevar a cabo ciertos cambios que garanticen la transparencia, la equidad y, sobre todo, la tolerancia.
Falta compromiso de unos y de otros. Nadie es santo de mi devoción. Es hora ya de que términos obsoletos y rancios como izquierda, derecha, comunismos, fascismo, y todos esos -ismos con tufillo a dictadura queden zanjados.
Es tan sencillo como que se solicite, si no la creación de una nueva constitución más acorde a nuestros tiempos, sí una revisión importante de la que llevamos arrastrando desde hace más de treinta años, que tuvo su utilidad en una época de transición, pero ha quedado obsoleta.
Y tras esa solicitud, se precisa el compromiso de la casta política y jurídica (de la financiera, mediática, etc, ya se hablaría después) para llevar a cabo con sensatez, justicia, equidad, la creación de esa constitución realmente democrática y consensuada.
Se precisa diálogo y tolerancia, dejando a un lado todas las rencillas necias que no hacen más que dañar aún más la situación complicada que vivimos.
Es lo que se echa en falta. Es la gran razón por la que ayer fue un día aciago.
jueves, 20 de septiembre de 2012
EL ECCE HOMO O LA SENECTUD DESVERGONZADA
El día ha amanecido nublado y me tendría que haber olfateado la tormenta.
Hace un tiempecillo, saltó la noticia de la abuela que se cargó un cuadro del Ecce Homo. Los medios de comunicación alimentaron la visión del asunto como una gracia. Pobre mujer, afligida y asustada, la reacción más lógica que puede experimentar quien destruye una obra de arte, no osaba más que a balbucear su arrepentimiento y temor.
Repito, la reacción lógica fue la suya, en ese momento. Otra cosa ha sido la estupidez que se ha propagado allende las fronteras de este país cateto llamado España y que no contagia a otros más que pandereta y gilipollez llevados al extremo (¿qué se podía esperar tras la Macarena y el baile de memos que suscitó?).
La cosa está en que miles de tarados han iniciado un peregrinaje para visitar la tontería suprema y dejan una limosnilla en el lugar (qué menos que pagar para expiar la gilipollez; les honra), pero los familiares de esta abuela ya han olfateado los dineros y, a pesar de que ninguno de ellos salió en los medios al lado de esta mujer cuando aparecía temerosa y arrepentida, ahora buscan cobrar los derechos de autor.
No se puede tener menos vergüenza.
No me explico cómo es posible que no se le hayan pedido ya responsabilidades por el desaguisado. He imaginado que por mera compasión de una anciana. Sin embargo, la edad no forja ningún santo, al menos no en este país.
De hecho, somos expertos en forjar sinvergüenzas, ladrones, corruptos, y, en este caso, a la vista de cualquiera está.
Pero voy más allá y pienso en las dimensiones que ha alcanzado un tema que debería ser meramente anecdótico o, como mucho, una gracieta temporal. Esas peregrinaciones para "contemplar" la chapuza imperdonable de una mujer que se ha arrogado el derecho de restaurar una obra de arte. ¿Se puede ser más patético? ¿Se puede ser más idiota?
Sí, efectivamente, amiguitos míos del alma, se puede y, ojo avizor, que la cosa promete y temo que mi capacidad de asombro no ha alcanzado aún su límite.
Porque lo más dramático de todo este asunto es que muchos que, quejumbrosos, protestan por la corrupción y el latrocinio generalizado de nuestra amadísima casta política, pronto llenarán sus bocazas de apoyo acérrimo a las reclamaciones de la abuela jeta y sus familiares misteriosamente aparecidos.
Tenemos lo que merecemos.
Hace un tiempecillo, saltó la noticia de la abuela que se cargó un cuadro del Ecce Homo. Los medios de comunicación alimentaron la visión del asunto como una gracia. Pobre mujer, afligida y asustada, la reacción más lógica que puede experimentar quien destruye una obra de arte, no osaba más que a balbucear su arrepentimiento y temor.
Repito, la reacción lógica fue la suya, en ese momento. Otra cosa ha sido la estupidez que se ha propagado allende las fronteras de este país cateto llamado España y que no contagia a otros más que pandereta y gilipollez llevados al extremo (¿qué se podía esperar tras la Macarena y el baile de memos que suscitó?).
La cosa está en que miles de tarados han iniciado un peregrinaje para visitar la tontería suprema y dejan una limosnilla en el lugar (qué menos que pagar para expiar la gilipollez; les honra), pero los familiares de esta abuela ya han olfateado los dineros y, a pesar de que ninguno de ellos salió en los medios al lado de esta mujer cuando aparecía temerosa y arrepentida, ahora buscan cobrar los derechos de autor.
No se puede tener menos vergüenza.
No me explico cómo es posible que no se le hayan pedido ya responsabilidades por el desaguisado. He imaginado que por mera compasión de una anciana. Sin embargo, la edad no forja ningún santo, al menos no en este país.
De hecho, somos expertos en forjar sinvergüenzas, ladrones, corruptos, y, en este caso, a la vista de cualquiera está.
Pero voy más allá y pienso en las dimensiones que ha alcanzado un tema que debería ser meramente anecdótico o, como mucho, una gracieta temporal. Esas peregrinaciones para "contemplar" la chapuza imperdonable de una mujer que se ha arrogado el derecho de restaurar una obra de arte. ¿Se puede ser más patético? ¿Se puede ser más idiota?
Sí, efectivamente, amiguitos míos del alma, se puede y, ojo avizor, que la cosa promete y temo que mi capacidad de asombro no ha alcanzado aún su límite.
Porque lo más dramático de todo este asunto es que muchos que, quejumbrosos, protestan por la corrupción y el latrocinio generalizado de nuestra amadísima casta política, pronto llenarán sus bocazas de apoyo acérrimo a las reclamaciones de la abuela jeta y sus familiares misteriosamente aparecidos.
Tenemos lo que merecemos.
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